La juventud es una etapa en constante cambio donde se forjan los caracteres de la futura personalidad y donde cada experiencia vivida supone un aspecto formador más. Actualmente, esas experiencias no es necesario que las vivan los jóvenes en persona, pues los padres y tutores, y los medios de comunicación ya las han vivido y están dispuestos a transmitirlas.
En esta línea, cobra especial importancia el papel de los medios de comunicación; el resultado es la prolongación de la adolescencia en los jóvenes, que se traduce en su inmadurez de juicio, de contenido crítico y de pensar por uno mismo. Estamos entonces ante una realidad nueva en la que existe una tricotomía: igualdad, realidad real y realidad intermedia.
Ante esta delicada y amarga situación, debemos empezar por plantear la raíz del problema: los medios influyen más a los jóvenes que sus clases y sus en-cuentros con sus padres y amigos.
Los jóvenes tienen la mayor variedad de estímulos gracias a los actuales medios de comunicación, en los que trabajan miles de especialistas cualificados, que colaboran en ello impulsados por el competitivo mercado del que los jóvenes forman la piedra fundamental. Dos conceptos son clave: la oferta que exponen los medios, que es amplísima; y los responsables de los medios, que deben velar por su profesionalidad, pues los contenidos están dirigidos a un receptor vulnerable a los mensajes editados.
